Earth and Altar

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EL PRIVILEGIO DE AYUNAR

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Unos años atrás yo estaba en una banqueta frente de un restaurante mexicano con un bol de cenizas para participar en la (nuevamente) honrada tradición de “Cenizas en la Calle”, más conocido como “Ashes to Go.” Como una parroquia estábamos tratando plantear un nuevo ministerio en un barrio que estaba gentrificando rápidamente, con la esperanza de atraer los nuevos residentes jóvenes y geniales.  

Pero estaba en el lugar equivocado y en el tiempo equivocado, estuve de pie por dos horas sin ponerle cenizas a nadie. Mi collar, mi estola, y mi pequeño bol de cenizas no significaba nada si nadie en las calles venía a ver y recibir.  

Un mesero del restaurante llegó a la banqueta y comenzó a fumar un cigarrillo. Después de un ratito él me preguntó, “¿Que estás haciendo?”  

“Es el miércoles de Cenizas,” contesté “y estoy aquí para ofrecer cenizas a los que no pueden asistir a la iglesia. ¿Quieres cenizas?” 

Él apagó su cigarrillo bajo su pie (creando su propia marca de cenizas en la banqueta) y dijo “Sí, quiero.” Empujó su pelo a un lado cuando puse un poco de las cenizas en mi pulgar y hice una cruz pequeña en su frente.  

Me dio las gracias y regresó al restaurante, y yo me quedé en la banqueta y el frío.  

Después de un ratito él me llamó desde la puerta.  

“Sígueme.”  

Entré al restaurante y él me condujo a la puerta de la cocina, donde estaba una fila de cocineros esperando con las gorras en las manos.  

“Ellos quieren cenizas también.”  

Uno por uno, marqué pequeñas señales de la cruz en las frentes de los cocineros. Ellos me agradecieron, y luego regresé a la banqueta.  

Sin embargo, algo había cambiado en mi, mi visión, mi manera de ver había cambiado. Cuando llegué a la banqueta la primera vez estaba buscando a los jóvenes del barrio que no estaban allí. Cuando regresé después del encuentro con los cocineros estaba viendo a los trabajadores. Los cocineros. Los restaurantes. 

Había ocho restaurantes en la cuadra donde estaba. Restaurantes llenos de cocineros y meseros que, como sé bien de mis días como mesero y bartender, no pueden perder el tiempo (y el dinero que el tiempo significa) para ir a la iglesia, aunque les fuera importante la observación de días como el Miércoles de Cenizas. 

Si sus opciones son faltar una misa o perder su trabajo, sabemos que va a ganar cada vez.  

Desde las fundaciones de la iglesia los ayunos, y las estaciones de penitencia, el deseo era no solamente de proveer una oportunidad para trabajar en nuestra propia santidad, sino también a disponernos para ver a nuestros vecinos en una manera nueva. La penitencia, los ayunos, solo valen la pena si nos dan las ganas de conectar con los demás. 

Los padres de la iglesia estaban enfocados en las situaciones difíciles de los oprimidos de su tiempo- huérfanos, viudas, los que, por su lugar en el orden social del Imperio Romano, habían perdido los medios de adquirir lo necesario para sobrevivir. Entonces, cuando San Gregorio el magno dijo que “Dios aprueba aquel ayuno que hace el que da limosna a los demás. Todo esto de lo cual te privas a ti mismo, lo entregas a otros, para que por lo tanto que tu carne es afligida, se fortifique la carne de tu prójimo pobre.” (Homilae in Evangelio 16.6) San Gregorio era situado en un bosquejo económico que veía la generosidad personal como la medida primaria para mejorar la crisis de los pobres. De muchas maneras la repuesta de la iglesia a la crisis social era más fácil de ver, y las estrategias de responder eran más fácil de comunicar. En comunidades donde había cantidades limitadas de lo esencial- trigo, aceite, verduras- la matemática y la repuesta era sencillo--como menos para que otros puedan comer más. Los fieles ayunan para que el mundo pueda comer.  

La crisis que el capitalismo ha hecho en nuestra época no es una de escasez, si fuera así podíamos continuar a crear sistemas para proveer directamente a los necesitados. 

La crisis que el capitalismo ha hecho es algo más pernicioso- la monopolización de nuestro ser. La exigencia que el propósito fundamental de nuestras vidas es crear ganancias que nunca tenemos la esperanza de ver, para gente que muchas veces no conocemos. Cada otro interés, cada otro propósito, es sujeto al capricho del primero.  

Lo que sigue, entonces, es que la iglesia no solo puede dedicarse a dar limosnas a nuestros prójimos, sino que también debe recordar a la gente que tienen un propósito más allá de trabajar para sobrevivir. Mas allá de obtener ganancias que nunca verán.  

Es un privilegio ayunar. Siempre ha sido así. Para la iglesia primitiva el privilegio era saber de dónde llegaría su próxima comida. Para nosotros, nuestro privilegio es tener el tiempo para recordar a la gente que son amados. Profundamente amados; Y que valen mas que un trabajo, un papel.  

Las pequeñas marcas de cenizas en las frentes de los cocineros eran invitaciones a más que una santa cuaresma. Eran recordatorios que los cocineros allí son más que los platillos que ellos producen. Ellos son polvo. Polvo que Dios tomó en su mano y formó en su imagen. Polvo que, un día, regresará al Dios que los hizo.  

Si nuestra esperanza está en los negocios y corporaciones para crear espacios donde trabajadores pueden reconectar con este mensaje de amor, con los recordatorios de su valor verdadero, estamos esperando un día que no va a llegar.  

Si vamos a ayunar, tenemos que ayunar en la panza de la bestia. En los lugares donde la invitación a una santa cuaresma no es un mensaje que da pena, sino algo que da vida. En las cocinas. Las fábricas. Los supermercados. Tenemos que recordar a la gente que ellos son mas que un trabajo.  

Son polvo.